Sugiero que repasemos un listado de preguntas y valoremos cada uno de nosotros, dónde estamos y cómo nos sentimos respecto a esta situación de emergencia.

Estarán de acuerdo conmigo en que, en la Era del Coronavirus, la emoción que se ha hecho más presente en nuestras vidas es el miedo. Pero, miedo, ¿a qué?  Lo primero, a contagiarnos del virus y a que nuestras vidas corran peligro, es decir, miedo a nuestra propia muerte.

Miedo también a que nuestros seres queridos que puedan pertenecer a poblaciones de riesgo o que en estos momentos están en otros lugares o países también se contagien y peligren sus vidas, es decir miedo a la muerte de nuestros seres queridos. Miedo a la escasez, la que sea, de atención médica, de alimentos, de servicios de primera necesidad.

Miedo a la inseguridad: de repente el entorno que hasta hace dos días era seguro y confiable se ha convertido en fuente de amenaza y peligro. Lugares como colegios, universidades, oficinas, restaurantes, bares, gimnasios, estadios de fútbol, y cualquier actividad que conlleve una mínima congregación de personas, deben ser evitados. 

Miedo a la incertidumbre: ¿quién queda fuera de riesgo? ¿qué hacer si se presentan los primeros síntomas? ¿de toda la información que circula, cuál es verdadera y cuál falsa?

Y, ¿puedo tener miedo al miedo? Sí, es posible. Y el miedo al miedo es el que nos paraliza, nos vuelve disfuncionales y nos impide aprovecharnos de toda la información útil y necesaria que nos aporta el miedo, sea del tipo que sea.

Imagen del Coronavirus

¿Qué es el miedo, cómo actúa en nosotros?

Toda emoción es energía en movimiento, y como tal, conlleva una frecuencia, y toda frecuencia trae consigo una información. Si la emoción es pura, el miedo apenas dura en el cuerpo dos minutos: aparece, la vivimos, la expresamos y nos quedamos con una información que es vital: “!!Atención, SOS, cuidado: estás en situación de emergencia, tu vida corre peligro!!”. Si somos conscientes de la emoción, de vivirla y de expresarla, movilizaremos esa energía a través del cuerpo quedándonos con la información que nos aporta: tomar las medidas para hacer frente a esa situación de emergencia.

Ante toda situación de emergencia tenemos tres opciones: luchar, huir o paralizarnos. Para que podamos enfrentarnos al enemigo o huir necesitaremos disponer del máximo de energía, así que nuestro cuerpo, que es sabio, se prepara y en cuestión de décimas de segundo, nos ofrece todo su arsenal de recursos: una descarga de adrenalina que permite que la sangre se retire de la cabeza, del tronco y se concentre en piernas y brazos, ¿para qué? Para que podamos correr como el viento o para luchar con toda nuestra fuerza. Nuestra concentración en luchar o huir es tal, que hasta las neuronas de nuestro cerebro deciden ralentizarse y dejan de comunicarse momentáneamente, para no distraer el objetivo principal.  Y lo mismo ocurre con el resto de nuestros órganos: es fácil entender que en estados de emergencia no estamos para disfrutar de una comida, ni para conversar, ni es tiempo de crear ni reflexionar. Es tiempo de actuar y salvar el pellejo. El foco es el enemigo: el coronavirus.

Pero, ¿qué ocurre cuando esta situación de SOS de emergencia máxima se mantiene en el tiempo, dura mucho más de los dos minutos que debe durar toda emoción pura? ¿Qué ocurre cuando seguimos día tras día descargando adrenalina y otras hormonas como el cortisol, un analgésico y antiinflamatorio que nos impediría sentir el dolor en caso de ser atacados?

¿Qué ocurre cuando el miedo se instala en nuestras casas, se aferra a nuestras vidas y se aloja en nuestro cuerpo sin ninguna señal de querer abandonarnos?

En ese caso, podemos decir que el miedo, como emoción pura, ha derivado en una emoción mixta donde, por supuesto sigue presente pero se trae consigo a sus mejores aliados: el  miedo se une con la tristeza y aparece la angustia. O el miedo se une con la ira y aparece la ansiedad. Y las alianzas pueden ser múltiples dependiendo de las emociones que sean más frecuentes en nuestra vida: depresión, pánico, abatimiento, dolor, aflicción, alarma, confusión, congoja, depresión, derrota, culpa, desaliento, desamparo, desasosiego, desconcierto, desconfianza, desconsuelo, desgarro, desprotección, duda, desesperación, hostilidad o impotencia, son algunas de las emociones o sentimientos donde el miedo está presente.

¿Qué ocurre si no nos hacemos conscientes de ello? Que nuestro cuerpo seguirá reaccionando como si nos enfrentáramos a una situación de máxima emergencia. Y, cuando las descargas de adrenalina o cortisol se prolongan en el tiempo, se convierten en tóxicas para nuestro organismo y atacan nuestro sistema inmunológico. En definitiva, vivir esclavos del miedo y ni siquiera ser conscientes de ello puede ser más peligroso que el peligro que estamos tratando de evitar.

El miedo es más contagioso que el Coronavirus

Finalmente, en caso de que no lo hayamos advertido: las emociones se contagian. Al igual que el coronavirus, el miedo se contagia y no se necesita proximidad física. Se contagia a través de las redes sociales, los medios, nuestras conversaciones telefónicas, los comentarios que hacemos, que apoyamos, distribuimos o diseminamos. ¿Somos realmente conscientes de la medida en que estamos contribuyendo a incrementar ese estado de miedo y de pánico? ¿Qué hay detrás de ese afán de ser el primero en difundir lo que me llega sin averiguar si es cierto o falso? ¿Lo que divulgo ayuda o entorpece las medidas preventivas que la gente debe tomar para enfrentarse a esta situación? ¿Qué emoción trato de alimentar cuando hago eso?

Así que, aprovechando que nos aconsejan aislamiento y recogimiento, sugiero que repasemos este listado de preguntas y valoremos cada uno de nosotros, dónde estamos y cómo nos sentimos respecto a esta situación de emergencia, y si, efectivamente, estamos contribuyendo a detener la propagación del virus

  1. ¿He adoptado las medidas preventivas difundidas por las autoridades sanitarias de mi país?
  2. ¿Cuál es la emoción que habito ahora mismo, más allá de sentir miedo por lo que pueda pasar? ¿Es alarma con precaución, es angustia porque estoy lejos de mi familia, es ansiedad porque soy población objetivo, es desasosiego porque no lo tengo claro…? Importante hacerse esta pregunta para ser conscientes de cómo contagiamos nuestro estado a los demás y el impacto que esto tiene en nosotros y en el entorno
  3. ¿Qué hago con las múltiples informaciones que me llegan por todos los canales? ¿Investigo la veracidad de la fuente o corro a divulgarlas esperando ser el primero en tener la primicia? ¿Qué buscamos cuando lo hacemos: protagonismo o informar a nuestras amistades y familiares
  4. Nuestros comentarios, conversaciones, opiniones.. cuando las compartimos en entornos específicos: amistades, familiares, entre colegas de trabajo.. ¿van a sumar o restar? Es decir, ¿voy a empoderar al que la reciba o lo voy a debilitar? ¿Le ofrezco la posibilidad de mejorar sus condiciones, de adoptar nuevas medidas preventivas, de aportar datos relevantes sobre la situación, o busco simplemente alarmar, amedrentar, y convertirme durante unos segundos en protagonista de la noticia.
  5. La manera inconsciente de huir del miedo es ignorarlo sin ni siquiera saber que se ignora: ¿qué hay detrás de los chistes, las bromas, la ligereza de los comentarios que comparto y difundo? ¿Soy capaz de ponerme en contacto con mi propio miedo?  ¿Cómo lo puedo gestionar para no proyectar en el otro lo que yo no soy capaz de vivir.
  6. Al igual que la risa o el llanto, el miedo también se contagia: ¿somos conscientes del impacto que eso tiene en nuestro entorno? ¿Qué puedo hacer o dejar de hacer para no propagar el miedo?

Y, finalmente, si estamos de acuerdo en que toda emoción es energía en movimiento, y que las energías se contagian, aquí va mi última sugerencia: reconozcamos y expresemos el miedo cuando lo sintamos, porque si aparece es porque nos trae una información valiosa. Pero no hagamos del miedo inconsciente un estado de ánimo tóxico con el que contagiamos a los demás. Centrémonos en experimentar las oportunidades que esta situación nos trae: valorar lo que tenemos, apoyar las medidas preventivas, contribuir desde la solidaridad y la empatía a que todos contribuyamos a la solución.

Porque la buena noticia es que: cuando la energía del miedo se encuentra con la energía de la colaboración, de la solidaridad o de la empatía, el miedo se diluye, y nuestro organismo está mucho mejor preparado para enfrentar la inseguridad y la angustia. Juntos es más fácil que cada uno por su lado. Unamos nuestras fuerzas y nuestros corazones frente al coronavirus.