Las emociones sociales son aquellas que surgen en nuestra relación con otras personas y siempre se basan en una determinada manera de pensar y de sentir. Las principales emociones sociales son: la vergüenza, los celos y la envidia. 

Al interactuar con las demás miembros de nuestra especie, creamos una realidad subjetiva, basada en la manera como interpretamos y comprendemos una situación determinada. A su vez, esta manera de interpretar se apoya en los valores, las creencias y el paradigma cultural en el que hayamos crecido.

Las emociones sociales son exclusivas de los humanos, pues requieren de una interpretación de una situación. Ningún mamífero no humano tiene vergüenza, ni se exige perfección.

Para entender cómo funcionan los mecanismos de interpretación de la comunicación y el lenguaje, ver nuestro artículos sobre ese tema aquí.

La Envidia

La envidia es nuestro mejor indicador para reconocer la importancia de un deseo insatisfecho. El umbral a partir del cual se detona es diferente en cada persona, pero cuando se sobrepasa, la envidia aparecerá inevitablemente.

El objetivo de la envidia es eliminar un contraste que produce un dolor insoportable. La prioridad del envidioso es lograr realizar lo que desea y no puede. Si cree que es imposible, elimina el contraste destruyendo el logro del otro para neutralizar el dolor y la comparación internos.

La identidad se vive como si se fuera «nada» frente al logro del otro, percibiendo el intenso desagrado de una carencia: “soy el que no tengo, el que no ha logrado”.

La percepción de lo que uno tiene o  puede, cesa temporalmente. Y esta manera  de auto-percibirse es lo que hace tan dolorosa la envidia.

Las condiciones que generan la envidia son:

Hay un estado de “anestesia” hacia los deseos propios, pero al saber que el otro tiene aquello que deseamos, la anestesia cesa y pasa a vivirse como que el otro es el que provoca el dolor.

¿Cómo ocurre la secuencia?

  1. Cuando experimento ciertas necesidades o deseos y percibo a alguien que ha realizado alguno de esos deseos.
  2. Cuando, además, creo que no dispongo ni dispondré de los recursos necesarios para lograr realizarlos.
  3. Cuando tampoco cuento con una cuota suficiente de deseos satisfechos y disfrutados como para equilibrar el dolor que me producen los no realizados.

El paradigma contextual de la envidia se nos presenta generalmente en una celebración, en cual la tristeza debe callarse. Legitimar la doble reacción permitiría a la persona saber y  expresar que se alegra de la relación de su prima, aunque se sienta triste por su deseo de tener una y no ser el caso ahora.

Igualmente, se genera una confusión entre “carencia” e “inferioridad”. Con frecuencia  reconocer la inferioridad ante otro nos hace sentirnos humillados. Este error impide descargar el dolor y legitimar la  tristeza del contraste. Para colmo, el testigo interior critica ese aspecto personal que la causa dolor y le desprestigia.

La envidia destructiva nace de este estado de desorganización y consiste en tratar de hacer o decir algo para que el envidiado sienta algo equivalente a lo que yo, como «envidiador» estoy sintiendo: dolor, impotencia y desorganización.

La Envidia Sana

La envidia sana consiste en reconocer que el otro ha alcanzado algo que yo también deseo y no he logrado, esta doble reacción que el reconocimiento implica: Alegría y admiración hacia quien ha alcanzado, a la vez que dolor y tristeza por reconocer que uno no lo consiguió.

Cuanto más clara y legitimada por mí mismo esté mi doble reacción, más libre me sentiré para evaluar si están dadas las condiciones para compartir, o no, lo que siento de  manera explícita.

Es importante resaltar la diferencia entre admiración y envidia. Admirar es reconocer que el otro cuenta con características que valoro y deseo tener. Se percibe un contraste y no se  siente dolor ya que el admirado funciona como modelo o estímulo para que yo también me acerque a lo deseado. A la vez siento que cuento con los recursos para acercarme o desarrollar lo que deseo.

Los Celos

Los celos a menudo se asocian con rivalidades emocionales, es decir, en la mayoría de los casos tienen que ver con las relaciones amorosas.

Surgen cuando el individuo tiene miedo de perder a alguien debido a la intervención de un tercero, es decir vive una sensación de amenaza.

Los celos también se evidencian en las relaciones de amistad; entre padres e hijos; y entre hermanos.

En los celos hay una triangulación interna emocional…Me quedo fuera de mi imagen interna y paso a sentirme un excluído/a.

Las señales de que estás celosa son: el disgusto, el enfado, el miedo y el dolor.

La diferencia entre Envidia y Celos es que en estos últimos, aparece una tercera persona, y por tanto nos sentimos amenazados y conectados con una pérdida.

Ambos están conectados con el perder, pero los Celos popularmente son menos negativos por vivirse “con amor”. Se originan más tarde: en la etapa edípica.

La envidia es un deseo que vemos en otro y carecemos y los celos es algo que tememos perder y tenemos.

La Vergüenza

La vergüenza tiene dos definiciones principales:

  1. Sentimiento de pérdida de dignidad causado por una falta cometida o por una humillación o insulto recibidos.
  1. Sentimiento de incomodidad producido por el temor a hacer el ridículo ante alguien, o a que alguien lo haga.

En la vergüenza, existen dos roles principales y uno no existe sin el otro:

El avergonzador: el que burla, humilla y descalifica.

El avergonzado: el que siente la vergüenza.

Durante la infancia la vergüenza está producida por personas del mundo externo que adoptan la actitud de avergonzadores. Al crecer este rol interno se introyecta: avergonzador interno.

El avergonzado interno es una voz interior que imagina y da por cierta cuál será la reacción del entorno ante un eventual fallo, y entonces la vergüenza se instala como sentimiento habitual, independientemente de las características de cada grupo.

Existen varios tipos de avergonzadores, que son:

Los maestros o padres con sus intentos pedagógicos basados en el falso credo de motivar al menor.

Los hermanos o amigos o iguales o pares suele ser por un intento de diferenciación aunque sea precario y degradada de diferenciarse y sentirse que uno está lejos del error del código social del otro (“cuanto menos seas tú, más creeré que soy yo”)

La vergüenza muestra una asociación disfuncional entre:

Un fallo real y por otra

Un comportamiento interno hacia uno mismo descalificativo.

En la vergüenza existe una pérdida sorpresiva, aguda e intensa de la autoestima. En un instante todo cambia y la identidad se asocia a su aspecto menos desarrollado. Resulta muy difícil de asimilar tanto para un niño como para un adulto este contraste fuerte y doloroso.

Cuando el deseo de ser aceptado, reconocido o amado no ha sido legitimado interiormente es el mayor productor de vergüenza.

La actitud sería: “Tengo vergüenza de que se advierta mi deseo de expresarme, mostrarme y hacerlo bien, para lograr que me quieran o me admiren…”

Hay cuatro elementos de la vergüenza que se relacionan entre sí:

  1. Acto, tarea o episodio.
  2. Imagen valorada: que se tiene de uno mismo o que uno imagina tienen los otros de uno. A esto se asocia los códigos donde se establece lo adecuado y lo no adecuado.
  3. Error o fallo que manifiesta una imagen  más desvalorada que la anterior.
  4. Matiz entre lo privado y lo público o lo intimo y lo conocido.

Algunos ejemplos de situaciones que generan vergüenza son:

La desnudez física y la sexualidad. En realidad cada persona establece sus límites de intimidad. En este sentido la vergüenza es una respuesta funcional que aparece como una  señal de alerta cuando esos límites son traspasados.

El verdadero conflicto está entre la imagen de uno y la sensación de la pérdida de la misma.

Una persona que disfruta mucho el protagonismo y no es perfeccionista, está muy poco expuesta a la vergüenza como factor inhibitorio. Su deseo de protagonizar permite  neutralizar la vergüenza.

La  vergüenza y el perfeccionismo se relacionan de manera proporcionalmente inversa.
¿Cómo podemos desinhibir la vergüenza? Estos cuatro pasos le pueden ayudar:

  1. Desplegar la escena real o imaginaria que provoca vergüenza en uno mismo.
  2. Descubrir el perfil del avergonzador externo. Observar si reconoce algún aspecto propio que dice  lo mismo o algo equivalente, es decir escuchar la semejanza de su avergonzador interior con el externo.

Entendemos cómo creamos nuestra vergüenza al identificar el avergonzador interno. Sentir o imaginar que esa voz interior por unos instantes e identificarse con el avergonzado y que puede hablarle a esa voz interna que lo avergüenza.